“Me tiré a un fantasma y mi hija lo sabía todo”: El fantasma y la señora Muir (Joseph L. Mankiewicz, 1947)

 

DISCLAIMER: Esta crítica fue un ejercicio express del Aula de Cine para un taller de crítica. La subo porque, la verdad, me hago bastante gracia a mí mismo y quisiera compartir lo que da de sí que me guste mucho una película. Sin más dilación, os dejo con mi pequeña reseña. Disfrútenla, disfrutenme.

 

A veces, sorprende una película donde hallamos algo que nos resulta, de algún modo, rompedor, y mucho más cuando se trata de una de hace unos 80 años. El fantasma y la señora Muir (The Ghost and Mrs. Muir, Joseph L. Mankiewicz, 1947) supura inconformismo y ganas de romper con lo convencional desde muchísimos prismas, tanto en su forma como en su contenido.

La escritora Lucy Muir (Gene Tierney) decide, tras quedar viuda, abandonar su vida anterior y mudarse con su hija Anne (Natalie Wood) y su criada Martha (Edna Best) a una mansión en la costa, la cual, como descubre más tarde, está encantada por el fantasma de un marinero, el capitán Gregg (Rex Harrison). Con este viejo –y muerto– lobo de mar, la protagonista desarrolla una camaradería cada vez más estrecha e intensa, una relación que la lleva incluso a escribir unas memorias dictadas por el fantasma que se convierten en un éxito –literalmente ghostwriting–. Obviamente, está cantado que aquí van a surgir chispas. Sin embargo, entra en escena un tercero en discordia: el señor Fairley (George Sandis). El capitán se aparta y hace creer a Lucy que todo fue un sueño, para que viva su vida y le dé una oportunidad al amor spoiler, sale mal, nadie se imaginó que el señor no era de fiar–. Años más tarde, tras una vida de soltería, descubre que su hija, ahora adulta (Vanessa Brown), también hablaba con el fantasma –y que estaba enamorada de él, ¡¿perdona?!–. Una vez Lucy alcanza la vejez, el capitán vuelve, ambos caminan juntos al fin, para desaparecer entre la niebla mientras lloramos a moco tendido.

"And now you will never be tired again." 

Para empezar, la película responde a muchísimos géneros a la vez. Tiene un poco de película de terror gótico, mucho de comedia romántica y bastante fantasía y melodrama. Lo fantástico unido a una historia de amor tan imposible y atada a lo sobrenatural que lleva a pensar en elevadas obras de arte tales como Ghost (Jerry Zucker, 1990) o Crepúsculo (Twilight, Catherine Hardwicke, 2008), guardando las distancias. La presencia de elementos rupturistas con el cine clásico, como un paso del tiempo sugerido de forma metafórica con la madera carcomida en el muelle, la naturaleza como elemento dramático, la importancia de la mansión casi como un protagonista más, son rasgos que encaminan esta obra hacia un manierismo incipiente perfectamente enmarcado en el trabajo del director. Sin embargo, aún se presenta esta necesidad de mostrar todo y dar una explicación a cada cosa que pasa, como cuando vemos al capitán que agarra a la suegra y cuñada de Lucy para echarlas.

Pero donde más brilla este intento de ruptura con lo preestablecido es en la propia historia, especialmente en el personaje de Lucy Muir. Sorprende ver a una mujer (semi)emancipada y (semi)empoderada, que rompe con su familia política tras la muerte de su esposo, para irse a vivir sin rendirle cuentas a nadie más que a su hija –junto a su criada, por supuesto, no se le vayan a caer los anillos–. Llama especialmente la atención el hecho de que se enamore del fantasma de un capitán después de que su marido haya muerto. Es una forma de declarar que las barreras que ella le pone al amor no eran la muerte, sencillamente no quería a su marido y estaba con él por mero compromiso. Esto de nuevo es un contundente escupitajo al comportamiento patriarcal en el que se espera que una viuda rienda pleitesía a la memoria de su fallecido esposo. Lucy hablaba constantemente muy mal de él, con lo que parece dejar claro que lo que le tenía era cariño, si eso.

De todos modos, pese a estas pinceladas de subversión, el curso de Lucy en la historia está muy dominado por tres hombres: su exmarido, el capitán y el señor. La película, a pesar de todo, es producto de una época muy conservadora y patriarcal, por lo que continuamos bajo los mismos parámetros. Además, recordemos que el contexto de esta producción es Estados Unidos, y Hollywood para más inri, donde cada obra destila un intenso aroma a lujo y capitalismo. Lucy ante todo tiene que ejercer como madre de Anne, por un lado, y mantener un estándar de vida adinerada, por otro, con lo que su personaje evoluciona al tropo de la working woman, un modelo conformista disfrazado de emancipación, pero que aún pertenece al reino de lo positivo.

No obstante, y para concluir, se trata de una obra de ficción entrañable y emocionante, que, aunque se vea por dónde van a ir los tiros en el momento en el que Lucy ve el cuadro del capitán, iluminado en medio del vacío de la habitación, es completamente disfrutable, divertida e interesante. El cine de Hollywood eleva su propio listón: ya no solamente nos ofrece un ideal romántico con hombres imposibles, ahora también vamos a soñar con tener un idilio sobrenatural con un fantasma.

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